Celia
Cruz 1925 - 2003
Era
de Verdad una Reina
Fué
el entierro mas grande jamás visto, pero lo que nunca olvidaré
fue que al pasar la carroza tirada por dos enormes caballos blancos
y adentro su ataúd, con su amada bandera cubana encima y con
cientos de palomas que volaban a su alrededor, el cielo oscureció
y relámpagos y truenos se escucharon, dando a todos los que
allí nos encontrábamos, una sensación que no
puedo describir con palabras. Era como si Changó
le estuviera dando la despedida a su hija. Al entrar el féretro
a la iglesia, por el arte de esa magia que ella siempre tuvo, salió
el sol y cuando terminó la misa y la llevaron afuera, de nuevo,
volvió a llover. El cielo lloraba por su muerte, al igual que
miles de personas alrededor del mundo, aunque para mí no ha
muerto ni jamás lo hará.
Llegamos
al cementerio bajo la lluvia para darle el último hasta luego,
porque algún dia nos volveremos a ver todos y ¡qué
rumba se va a armar!
Al
final de la ceremonia pasé delante de su ataud y lo abrazé
y le dí un beso y ahogado por el llanto le dije, “Hasta
luego madrina. Hasta luego Celia. Hasta luego Reina. Jamás
te olvidaré." Y para cerrar con broche de oro el sol volvió
a salir para recordarnos que era de verdad una Reina.
Mis
recuerdos de ella van muy atrás, a mi niñez en el barrio
de Lawton, en La Habana, en donde nací a solo tres cuadras
de su casa. Mi padre y ella habían trabajado juntos por años
en una cadena radial donde ella ganó el concurso de canto que
lanzara su carrera artística. Como ella misma lo decía
en los conciertos en los que tuve el placer de acompañarla
y ser su director artístico: “A este niño lo conozco
dede que estaba en la barriga de su madre, pues conocía sus
padres desde antes que se casaran.”
Yo
recuerdo la primera vez que la oí cantar cuando solo tenía
tres o cuatro años y mi madre me cuenta que de la emoción
me le oriné encima.
Después
recuerdo crecer a su lado por varios años y recuerdo claramente
que todos los días se reunían en la tienda de la esquina
antes de salir para su programa de radio en Radio Progreso en La Habana.
Mi padre era parte activa de esas tertulias diarias y yo crecía
alrededor de estos grandes artistas y amigos.
Años
después en 1966, cuando ya nos encontrábamos en Estados
Unidos, recuerdo el reencuentro con nosotros y la emoción y
las lágrimas de ella al volver a ver a mi padre. Ella también
siempre lo llamó “Mi padre”.
Años
mas tarde nos volvimos a encontrar, esta vez en los escenarios de
todo el mundo y siempre me recibía con mucha alegría.
“Hola Alfredito mi hijito, como estás?” o “Hola
mi ahijado”.
Aunque
tuve el honor de acompañarla en cientos de ocaciones, jamás
dejé de sentir que todos los pelos de mi cuerpo se paraban
cada vez que la ví salir a un escenario y cuando gritaba “AZUCAR”
lo que sentía era algo tan grande que pocas veces lo he sentido
en mi vida.
No
sé si llamarlo Aché o simplemente
Magia, pero lo que Celia Cruz emanaba era
algo que nadie ha tenido en la historia.
También
recuerdo como si fuera hoy que hace como dos años, mientras
estábamos en un camerino listos para el show, ella me dijo:
“Yo sé que volverás a Estados Unidos y yo le voy
a tocar la campana a mis santos para que así sea”. Eso
me dió una seguridad tan grande que de ahí en adelante
no dudé que muy pronto regresaría a casa.
Me
sentí muy triste cuando me enteré de su enfermedad y
no hubo un solo día sin que le pidiera a mis santos por ella,
por Pedro y por la salud de ambos.
Meses
después me llamó para pedirme que estuviera en un programa
en honor de ella y para recaudar fondos para su organización
y yo corrí a su lado dichoso de poder estar a su lado de nuevo.
El mismo mes me llenó aún mas pidiéndome que
participara en el que sería su último disco. Así
me dijo y yo, de nuevo, me sentí honrado, dichoso y privilegiado
de participar a su lado.
El
día que dieron la noticia de su muerte me encontraba en mi
carro yendo para un concierto y lloré como pocas veces lo he
hecho. Llegué al escenario y solo pude decir: Celia, te amo
y te dedico este y todos mis conciertos. Empezó la música
y mi trizteza se fué esfumando y sentí paz y sentí
la alegría de vivir y de dar a otros alegría a traves
de mi arte.
Celia
Cruz me enseñó a ser profesional, a respetar el público
y saber que el don de la música es el mayor regalo de Dios.
Hasta
luego Reina.
Alfredo
De La Fé
Julio
27, 2003, New York.